El narrador

¿Por qué me gustan tanto las historias? Esas incorpóreas cosas, que en realidad no son cosas, se asemejan a ese término de forma tangente cuando se exteriorizan en forma de palabras y así viajan, de receptor en receptor, parando, impactando y partiendo otra vez.

Soy muy enamoradizo de las historias, se me nota a leguas, me es imposible enmascarar la satisfacción originada por esas mágicas palabras concatenadas una detrás de otra. Me retrotaigo a los 10 años y mi mente se sienta en el piso imaginario de una biblioteca quimérica a escuchar. Delato al instante mi felicidad, es casi impulsivo el sonreír cuando esa imagen perfecta, que va dibujando el narrador sin siquiera tener que comprar un lápiz, comienza a aparecer.

Sucede mucho con mi abuelo, gran y culto narrador, que sabe cómo contar detalladamente una historia, se toma la molestia de no dejar paisaje sin abordar o esquinas sin pintar. Da la casualidad que es pintor, de allí vendrá su excelente elocuencia para pintar imaginariamente cuadros en mi biblioteca mental. Biblioteca plagada de sus relatos domingueros, que sólo necesitan de un “Jú, cómo fue que…” como disparador para abrir una canilla caudalosa que a ese niño de 10 años hace brillar el rostro.

En ocasiones me cuestiono si estaré viendo lo mismo que él vio originalmente, pero allí recuerdo su afición al lienzo y las dudas se disipan. Pero el costado artístico no es la cualidad que mayor eco hace, sino su capacidad de enseñanza. A ese niño imaginario, sentado sobre un piso de madera barnizada y rodeado de libros coloridos, le ha ido impregnando la pasión de contar y enseñar. Cuando ese niño recibe una historia, aprende feliz, por el simple hecho que su narrador disfruta y actúa para que eso ocurra. Ese niño de 10 años que despotrica por tener que leer sobre Artigas, flota en curiosidad cuando su narrador preferido cuenta como era el país hace 50 años.

Y yendo más dentro aún, ese pequeño de piernas cruzadas, sueña con tener ese superpoder. Desea poder impactar y enseñar a otros como con él lo ha hecho. El narrador no sabe que sentado en ese sillón frente a él, a veces con resaca, hay más que un nieto. Hay un proyecto de narrador, y ojalá educador, que va regando, palabra a palabra, pincelazo a pincelazo.

Publicado por ferla

Un muchacho con ganas de escribir.

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