Nada más

No vi el cartel de “Tire”, por lo que le di un cabezazo a la puerta en mi primer intento de entrar. El segundo fue exitoso, ya que seguí las instrucciones de esa señal verde y blanca. Cuando entré vi una fila larga de la que un gordo era el último miembro. El gordo se estaba riendo de mí de manera poco disimulada, por lo que me corrijo: era un gordo de mierda. Cara de friki, remera vieja y de chinelas; con esa pinta se reía de mí el hijo de puta del gordo. Adelante de él había una señora con una niña, imagino que era su hija. La señora tenía unas ojeras enormes y la mirada algo perdida. La niña le hablaba de un tema de esos que solo le interesa a los niños, y ni siquiera a todos los niños, a los niños imbeciles, esos que solo con verlos ya sabés que son una excelente materia prima de bullyingen su escuela. La señora asentía con la cabeza de a ratos simulando que la escuchaba, y cada tanto suspiraba de manera densa para evitar sopapear a la nena para que no le rompiera más las pelotas.

“Caja libre” escuché. Mi intento de adelantarme a esa caja fue falluto, ya que el hijo de mil putas del gordo me pisó la punta del pie. Creo que se disculpó. Sinceramente no me importa; le deseó una muerte de mierda, incendiado, ahogado… no sé, algo jodido.

La señora hizo su pedido y, con la poca fuerza y voluntad que le quedaba, agarró su café y la donna de la nena. Se le cayó el vuelto, pero le chupó un huevo. Antes de avanzar a la caja para hacer mi pedido, levanté el vuelto de la infeliz y me lo metí en el bolsillo. Levanté la cabeza y la vi. Hubo un momento de tensión. Sus pupilas se agrandaron y balbuceó antes de decir su línea: “Buenas, ¿qué se le ofrece?”. Me decidí a ser lo más controlado posible, por lo que me enderecé, aclaré la garganta y contesté: “Un café, si puede ser”. Se quedó esperando unos segundos mirándome con las cejas levantadas. Se aburrió y preguntó: “¿Nada para comer?”. Le contesté que no, que estaba apurado. Tomó aire y me preguntó qué café quería.- Mediano –contesté. Me mantuvo la mirada, por lo que aclaré-. Negro.

Me di vuelta para evitar empezar un dialogo inoportuno y poco fructífero. Había poca gente, pero la necesaria como para querer evitar una escena. Leían diarios, charlaban, había una pareja chuponeando como si no hubiese un mañana… en fin: un día más en la ciudad. 

Volví la mirada hacia ella y noté que estaba formulando una oración. Le costó.- ¿Para acá o para llevar?

Era el momento. Se me secó la boca y un sentimiento de lastima y culpa me llenó el cuerpo. Yo ya lo sabía, y creía que ella lo sospechaba, pero no.- Para llevar.

Quedó pálida. Boca semi abierta y ojos vidriosos. Se mordió el labio superior y asintió con la cabeza. Todo pasó muy rápido a partir de ahí. Lo preparó, le acerqué el dinero, me lo cobró, pero de imprevisto me hizo la pregunta final, la determinante:- ¿Algo más?

La angustia se apoderó de mi cuerpo. Esos momentos en los que a uno le gustaría que la vida fuera más simple, menos de mierda, esas ganas de que alguien decida por nosotros para lavarnos las manos ante eventuales –y obvios- finales infelices. Creo que era lo mejor, pero sin dudas se sentía como lo peor. Decidí ser firme, ambos lo merecíamos. Enderecé la cabeza y la miré a los ojos. Ahí contesté:- Nada más.

Creo que agarré el café antes de emprender la partida. No sé qué hice con el vuelto. No sé si había vuelto. Estiré el brazo para abrir la puerta. La puerta ya estaba abierta.

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